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Anthony Joshua y la termodinámica

Anthony Joshua y la termodinámica

Según la segunda ley de la termodinámica, todo sistema tiende al desorden; o lo que es lo mismo, cuando todo parece ir sobre ruedas, viene algo y lo jode. No sé si Murphy se inspiró en esto para enunciar su ley, pero al menos tradujo al lenguaje corriente el recelo católico frente al éxito, que visto lo visto, quizás sea más universal de lo que parece. Y como católico significa «total» en referencia a la universalidad de su dogma, se cierra así el círculo hasta que algo venga a desbaratarlo.

Eso mismo le ocurrió ayer a Anthony Joshua, que Andy Ruiz lo desbarató sin contemplaciones. Se convirtió en el escollo capaz de desordenar un sistema planificado por Joshua hace tiempo y que la prensa venía agrandando en busca de un campeón de los que hacen época. El advenimiento de un nuevo Ali con palmarés inmaculado como el de Rocky Marciano era un reto de campeonato en el que solo asustaba la sombra en el horizonte de Deontay Wilder, que encaja tan bien en el papel de villano como lo hacía Joshua en el de héroe absoluto.

Entonces vino la desmesura. El Adonis negro midió mal sus fuerzas y se vio sorprendido por un rival que estaba allí de rebote y al que parecía haberle tocado un papel sin frase. No sucedió así. Como en el mito griego, el jabalí embistió su belleza hasta mandarla al suelo definitivamente en el séptimo asalto. Fue entonces cuando el árbitro detuvo al castigo y el mito cambió de protagonista.

De pronto, el convidado de piedra jugó sus cartas y, a falta de admiradores, lanzó una andanada de jabs que parecían lanzas y convertían a su derecha en simple acompañamiento porque no hacía falta más. Él ya lo había dicho «soy rechoncho, pero también soy rápido», por eso antes de que nadie se diese cuenta, ya había tumbado al campeón cuatro veces. Imposible no recordar a Iron Mike vapuleado por «Buster» Douglas en Tokio, quien hizo que a la mañana siguiente todos leyésemos los titulares dos veces antes de desaparecer.

De vuelta a 2019, Adonis perdió su ristra de cinturones ante el patito feo. Se repetían los tópicos de un deporte acostumbrado a las historias con moraleja, en este caso, la de una infancia con bullying salvada por el boxeo. Sin ser todavía un cisne, Ruiz le dio gracias al Dios cristiano y a su familia por permitir su sueño, uno en el que, a diferencia de los sistemas perfectos, rigen las leyes de la termodinámica.

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