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Blue beat británico: ingleses blancos tocando ska (IIIª parte)

Blue beat británico: ingleses blancos tocando ska (IIIª parte)

En 1960, el ska jamaicano rompió el monopolio de Estados Unidos en lo tocante a música negra. La versión sincopada del R&B enfatizando los pulsos pares corrió como un reguero de pólvora entre los sound systems de Kingston y Londres, los dos epicentros de la cultura West Indian.

Poner nombre y fecha a los géneros musicales siempre es difícil, pues todo tiene un sustrato previo que lo origina, pero si hacemos caso a John Jermiah Sullivan, fue Theo Beckford el que introdujo el patrón rítmico del ska en su tema “Easy snappin'”(1959), tomado a su vez del clásico “No more dogging” de Rosco Gordon (1952). Si le sumamos dosis crecientes de mento y de percusión rasta, tenemos una receta nueva que encaja con el estado de ánimo de Jamaica a principios de los 60.

Fuese ska, R&B o jamaican boogie, naciese en Kingston o en Tennessee, el nuevo ritmo llegó a las fiestas de Londres de forma casi inmediata. En ellas se trasladaba el espíritu de los sound systems a eventos privados (y clandestinos) en barrios negros de la ciudad. No eran al aire libre y con bafles atronadores, sino una especie de raves caseras o en sitios abandonados, pero cumplían una función análoga a los dancehalls, pues eran centros de socialización para la diáspora.

Estas celebraciones, tan desnortadas como las caribeñas pese a las trabas legales, recibían el nombre gaélico de shebeens, concepto irlandés que solía aplicarse a la cerveza floja que con frecuencia se daba en tabernas que no tenían licencia para vender alcohol. A veces, los blancos más marginales también se apuntaban al bombardeo que organizaban los jamaicanos, pues era una alternativa al No Irish, no blacks, no dogs, pero hacían falta cauces más comerciales para que aquella mezcla fructificase.

La inmigración jamaicana reprodujo en Londres los viejos espacios de sociabilidad de la isla. Su célula principal eran los bailes conocidos como sound systems.

La banda sonora en estos sound systems no solo era igual a la de Jamaica, sino que se importaba directamente de allí. En un requiebro geográfico y cultural curioso, los sound men, dueños de los sound systems de Kingston, mandaban sus emisarios a Norteamérica en busca de género fresco, pero sus homólogos de Inglaterra solo actuaban así algunas veces. La mayoría no solo querían las novedades de Estados Unidos, sino que ansiaban aquellos discos que habían pasado el filtro de los selecters de Kingston, buscando las novedades que se gestaban allí. Dicho de otra manera, los jamaicanos de Londres buscaban música con el aroma de su país, en un intento de reproducir su cultura en una tierra lejana y que a veces mostraba su hostilidad.

Sin embargo, dicho comercio no resultó sencillo. Aunque metidos a productores improvisados, los grandes sound men jamaicanos no confiaban en el negocio de la difusión discográfica. Grababan algunos discos, sí, pero para pincharlos en sus sound systems. Si alguien más los tenía, dónde estaba la gracia? Cuando alguien le sugirió vender sus vinilos al público, Sir Coxsone Dodd se echó a reír, aceptando a regañadientes darle salida a doscientas copias. En 1959 creó dos sellos, All Stars y Worldisc. Prince Buster haría lo propio con Voice of the People, etiqueta homónima a su sound system, pero la apuesta era tan tenue que el propio Duke Reid dejó ese año de grabar discos con Treasure Isle, el sello pionero que había fundado en 1957.

Con una industria tan limitada, los jamaicanos de Londres no lo tenían fácil para importar, y más si se tiene en cuenta que el gusto estaba cambiando y ya no valía solo con R&B americano. Lo nuevo a principios de los 60 era ese estilo de pulsos cambiados y percusiones duras, con una autenticidad caribeña que no tenían las producciones de Nueva Orleans.

En este punto, la fuerte demanda de Londres supuso un estímulo para la industria de Kingston. Puede que para los sound men metidos a productores la exclusividad de sus fiestas fuese lo primordial, por eso evitaban la difusión de sus discos entre la competencia y el público, pero qué daño podía hacerles vender su música a miles de millas de allí? Que sus paisanos de la diáspora bailasen sus discos solo podía hacer crecer su orgullo y sus beneficios.

Al principio, la importación de R&B, jamaican boogie y ska corrió a cargo de los propios sound men de Londres, pero el divismo y recelos varios dificultaron los intercambios. Solo pioneros con buenos contactos, como Duke Vin, Jah Vego o Count Suckle, podían traer productos de calidad, aunque en pequeñas dosis y sin distribución adecuada.

Ingleses y jamaicanos compartían espacios de ocio en los que la música resultaba fundamental. La aportación jamaicana resultaría clave.

Los discos se colocaban a puerta fría, con comerciales vendiendo sus excelencias a ciudadanos de barrios negros que debían fiarse de su palabra. Con este sistema rudimentario, las producciones de Buster, Dodd o Duke Reid alcanzaban ventas modestas, cientos de copias en el mejor de los casos, pero sentaron las bases de un incipiente mercado.

El siguiente paso fueron las discográficas que importaban de Kingston bajo licencia y se encargaban de la distribución por cauces más ortodoxos, como las tiendas de discos. Es el caso de Pecking Records o Planetone, que además fue la primera en hacer grabaciones propias de música jamaicana en Londres. Su calidad técnica dejaba que desear, pero dio voz a artistas como Dandy Livingston o Rico Rodríguez, también instalados en Reino Unido.

Aunque ubicados en Inglaterra, estos sellos eran llevados por jamaicanos, de modo que la siguiente etapa llegó cuando la música de Jamaica captó el interés de productores locales. EMI había tanteado el calypso, pero esa fue su mayor aproximación. Para 1960, solo dos compañías minúsculas habían tocado el tema: Starlight y Melodisc, ambas con temas de Laurel Aitken.

En el primer caso, se introdujo bajo licencia el tema “Boogie in my bones”, pero el segundo tuvo más importancia, ya que “Lonesome lover” fue el primer tema grabado por un jamaicano para una compañía británica. Su nombre era Melodisc Records, y es el inicio de nuestra etapa final.

Melodisc había sido fundada en 1946 por Emil Shalit, un judío centroeuropeo con nacionalidad norteamericana que trasladó su empresa de Nueva York a Londres en 1949. Quería llevar a Inglaterra sonidos minoritarios como el jazz y folk de diversos países, entre los que se encontraba Jamaica. Para lograr lo primero firmó un acuerdo de distribución con Decca, mientras que lo segundo lo consiguió fundando un sello llamado Blue Beat. Corría 1960 y cambió la historia de la música jamaicana y de toda Inglaterra.

El papel de Prince Buster resultó clave en la historia de la música jamaicana desde el principio. Nadie más puede presumir de haber sido protagonista como rude boy, sound man, productor, cantante e intermediario tanto en Jamaica como en UK.

En los comienzos, Blue Beat distribuía bajo licencia discos de los mejores sellos de Kingston, destacando a los célebres Dodd, Reid y Buster, pero pronto produjo en Londres a estrellas que abandonaron Jamaica para instalarse allí, como ocurrió con el propio Buster. En solo tres años, Shalit produjo más de trescientos singles, logrando que el nombre Blue Beat designase a toda la música jamaicana de aquel momento, fuese grabada por él o no, en una acepción que dura hasta nuestros días.

Gracias a sus contactos, el ska traspasó las fronteras de la diáspora jamaicana y sacudió también al público blanco, que disfrutaba bailando en clubes multirraciales como el Flamingo. El otrora local de jazz giraba en torno a Rik Gunnell, un ex-boxeador y portero reconvertido en mánager y socialité de los bajos fondos. Cambió el ethos del club a su imagen y semejanza, incluyendo una banda sonora en la que, desde principios de los 60, cobró protagonismo el ska.

El nuevo sonido y su clientela de rude boys, chulos y prostitutas atrajo a jóvenes blancos de clase obrera sedientos de malditismo y sofisticación aparente. Habían llegado los mods, un público joven que indujo a la aparición de grupos blancos de música jamaicana. Georgie Fame y los Blue Flames no solo fueron pioneros en este sentido, sino que su residencia en el club Flamingo es fiel reflejo de la importancia que tuvo el ska también para los ingleses.

Mickey Finn & The Blue Men (1965). En la imagen aparece Jimmy Page, que no formaba parte del grupo cuando grabaron con el sello Blue Beat el año anterior.

El propio sello Blue Beat, dominador del género en sus inicios, llegó a producir a Mickey Finn & The Blue Men, único grupo blanco en la historia de la etiqueta, también conocido por contar en sus filas con Jimmy Page, futura estrella junto a Led Zeppelin. Aunque en 2015 se reveló que su single “Tom Hark” había sido grabado por músicos de sesión, el traspaso de la frontera racial no deja de ser un indicio del éxito del ska entre un público más extenso.

Este contacto entre mods ingleses y jóvenes jamaicanos en los all-nighters de clubes como el Marquee o el Flamingo dio pie a un estilo y comportamiento más duros por parte de los primeros, que se fueron alejando de una elegancia que desde entonces verían tan comercial como frívola. Dejaron de lado las prendas más ostentosas y cambiaron el ska por otros sonidos también llegados desde Jamaica, pero esa receta con ingredientes nuevos es una historia que dejaremos para otro día.

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