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Loafers, castellanos y mocasines: diseño nórdico para todos

Loafers, castellanos y mocasines: diseño nórdico para todos

Cómodos, elegantes y sin cordones, los loafers son un calzado tan básico que parece que siempre han estado ahí. Aunque su aspecto actual nació en una fecha tan próxima como 1936, lo cierto es que, como suele ocurrir con los diseños elementales, la existencia de zapatos sin sujeción alguna se remonta a tiempos inmemoriales, por lo que conocer su historia es tan necesario como saber los términos que se usan para nombrarlos.

Empezando por el aspecto terminológico, coloquialmente usamos como sinónimos los nombres que hay en el título de esta entrada, y aunque no está del todo mal que lo hagamos, hay diferencias sutiles si nos queremos poner estrictos.

Los términos loafer y castellano sí significan lo mismo, pues designan a zapatos de cuero sin cordones que pueden calzarse en un acto. Por contra, los mocasines pueden usar materiales como charol o gamuza y a veces llevan cordones decorativos (véase mocasines náuticos).

El nombre más empleado a nivel mundial es el de loafers, pues significa holgazán y no necesita de explicaciones adicionales tratándose de unos zapatos fáciles de quitar. Esta facilidad a la hora también de ponérselos es el motivo de que además se los conozca como slip-on o slippers en los países anglosajones. Otro nombre de uso internacional es el de mocasines, palabra de origen indígena americano que explicaremos más adelante. Por último, en España se emplea mucho el término castellanos, haciendo referencia no a su origen geográfico, sino a un fabricante muy conocido durante años.

En cuanto a la historia, el término mocasín nos da una pista sobre su origen, pues deriva de makasin, que significa zapato en la lengua algonquina propia de los nativos de la actual Virginia, en la costa Este de los Estados Unidos. Pueblos de otras regiones como Laponia usan versiones muy parecidas en su atuendo tradicional, por lo que podrían haberse dado a la vez en distintos sitios. Desde este punto de vista, aún asumiendo que la paternidad del concepto le corresponde a los indios powhatan, es muy posible que haya habido zapatos de similares características en otras épocas y zonas del mundo sin que ninguno de ellos sea un antepasado directo de los loafers que usamos en el presente.

Para llegar al modelo que hoy vemos en las zapaterías habrá que esperar a principios del s.XX, cuando las evidencias apuntan en dos direcciones.

Loafers en un diseño inicial de los años 30, sin borlas ni refuerzos en el empeine.

La primera nos lleva a 1926, año en el que, supuestamente, el rey Jorge VI de Inglaterra pidió un zapato cómodo e informal que fuese apto para interior y exterior en su casa de campo de las afueras de Londres. El encargo fue diseñado por Wildsmith Shoes, que se inspiró en las zapatillas de casa para ofrecer el producto con referencia 582, más tarde conocido como modelo 98.

Si bien este dato es concreto y fácil de rastrear, no deja de ser curioso que la única fuente que lo sostiene sea la propia empresa que fabrica el artículo, aunque no aporta pruebas para avalarlo. A ello añadimos que su relato suena poco creíble, pues atribuye el encargo al rey Jorge VI en 1926, una fecha en la que el futuro monarca no solo no había subido al trono, sino que ni siquiera aspiraba a él. Solo la abdicación de su hermano Eduardo, un filonazi casado con una americana mal vista por los ingleses, llevó a que, de rebote, el padre de la actual reina Isabel II pudiese reinar. Por otra parte, este monarca tímido y tartamudo (ver El discurso del rey) no era un referente de estilo en su tiempo, de modo que suena raro que hiciese un encargo en este sentido.

A falta de pruebas más concluyentes, y sin negar que esta historia pueda tener algún tipo de conexión con la realidad, por el momento la ponemos en cuarentena.

La otra pista nos lleva a Noruega, a un remoto pueblo llamado Aurland en el que Nils Gregoriusson Tveranger fusionó el calzado tradicional de los pescadores locales con los mocasines indígenas que había conocido durante sus años de estancia en América. Con este bagaje produjo sus primeros modelos de loafers hacia 1908, fecha que lo sitúa como pionero en la producción de lo que entonces se conocía como zapatos Aurland.

Tras unos años de producción modesta, llegamos al período de entreguerras, cuando los expatriados americanos de la Generación Perdida (Steinbeck, Dos Passos, Hemingway o Scott Fitzgerald) los conocieron y pusieron de moda desde París. Alcanzaron tal popularidad en el mundillo artístico que la revista Esquire publicó un reportaje sobre su origen, contribuyendo sin duda a su popularidad en USA.

    

Penny loafer con su ranura característica y Tassel loafer con borlas modelo Adrian. Fabricado por Dr. Martens, es probablemente el modelo más popular en la actualidad.

Aprovechando el tirón mediático, G.H Bass, un fabricante del estado de Maine, lanzó en 1936 el modelo Weejun, una denominación comercial que pretendía fusionar los orígenes indígena y noruego de su nuevo producto estrella, en lo que parece apuntar a la credibilidad de la pista nórdica. No en vano, el término es una variación fonética del gentilicio norwegian.

En realidad, Bass llevaba fabricando slippers desde principios del s.XX, pero fue ahora cuando añadió al empeine una pieza de cuero como refuerzo. Por motivos estéticos, en ella incluyó una ranura que dio al modelo los nombres con que pasó a conocerse: penny loafer o mocasín de antifaz. El primero fue el más popular, y se debió al simple hecho de que en la ranura cabía un penique. Partiendo de este rasgo que solo obedece al diseño, en internet pueden encontrarse historias rocambolescas sobre su origen, como decir que era el lugar donde los jóvenes de mediados del s.XX guardaban monedas para llamar por teléfono, o que decoraban sus zapatos de esa manera. Ninguna de esas ideas es sostenible, por lo que podemos decir que son invenciones a posteriori que pretenden darle significado a un hecho que es fortuito.

Avalados por su diseño, comodidad y por un pedigree europeo vinculado a los escritores de la Generación Perdida, los loafers se convirtieron en el zapato de moda en las universidades americanas desde los años 40, pasando a ser una prenda básica desde ese momento. Su diseño ha variado poco hasta nuestros días, aunque por su importancia, hay un modelo que merece un inciso. Se trata de los tassel loafers o mocasines de borlas.

Su nacimiento se debe al actor Paul Lukas, famoso por películas como “55 días en Pekín” o “Veinte mil leguas de viaje submarino”, que preguntó a varios fabricantes por un modelo que había visto en Europa con unos cordones que incluían remates colgantes. Atendiendo a su petición, el fabricante Alden Shoe Co. incorporó unas borlas en el empeine de sus mocasines, naciendo una versión nueva de un modelo ya clásico. Corría el año 1952.

Desde el primer instante, los loafers se incorporaron al estilismo de la Ivy League, cuyos patrones estéticos sirvieron de referencia a los mods en el Reino Unido. Del estilo preppy universitario copiaron las cazadoras harrington, los sta prest o los loafers, buscando un aspecto elegante sin ser demasiado rígido.

El estilo universitario yankee servía de inspiración a los mods en el Reino Unido. De ahí tomaron prestadas prendas como los loafers.

La versatilidad de los mocasines llevó a combinarlos con pantalones de tipo chino, vaqueros e incluso con pantalón corto, en cuyo caso se recomienda no usar modelos de borlas ni calcetines. Pese a que no se aconseja llevarlos con prendas formales, pueden usarse con trajes ligeros de algodón o lino en colores claros.

Por último, en lo tocante a su relación con las culturas mod y skinhead, en Inglaterra hubo durante un tiempo un debate absurdo sobre si los loafers de borlas son aptos para el dress code mod. No vamos a dedicar mucho tiempo a decir que sí, pues es algo tan obvio como que el modelo más popular actualmente, los famosos zapatos Adrian de Dr. Martens, llevan dos borlas decorativas.

Tampoco hay dudas con respecto a su inclusión en la cultura skinhead, que también puede considerar suyos a los zapatos loafer. Puede que sean pintones si vas con ellos a un bolo de Rancid, pero también podrías desentonar un poco con botas de 14 agujeros en un concierto de Bob & Marcia. En cualquier caso, el estilo es algo que está en los matices, y para alcanzar uno propio sirven más los consejos y la intuición que los prejuicios y el dogmatismo.

Sea de un modo u otro, los loafers son una apuesta segura en lo tocante a comodidad y estilo.

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