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Millwall: los forasteros juegan en casa

Millwall: los forasteros juegan en casa

En Londres, mencionar Millwall equivale a hablar de la Mafia en el Sur de Italia; cuando se hace es a sotto voce y mirando a los lados por si hay testigos. La mala fama precede a un nombre asociado a los hooligans y al extremismo político, al paisanaje humano más primitivo y a la misera que tiñe a los barrios con chimeneas.

Puede que no haya asesinos como en Whitechapel, ni gángsters tan conocidos como los del East End, pero los operarios y estibadores que lo poblaron han impregnado el distrito con su reputación de bravos incluso después de haberse mudado hace años. Si por algún motivo se habla de Millwall, no es muy probable que sea por algo bueno.

En este contexto de fuerte clasismo y prejuicios, la atmósfera sulfurosa creada por las calefacciones ha dado paso a la gentrificación como causa fundamental de asfixia de una ciudad que esconde bajo la alfombra los muertos que va dejando. El Millwall de puño fácil resiste la acometida y se niega a ser desplazado, pero la Historia invita a ser pesimista.

Vista actual de Isle of Dogs con Millwall en primer plano. Ocupa solo la parte oeste de la península, correspondiendo el este a Cabitt Town y el norte a Canary Wharf. 

Lo cierto es que el barrio nació con dificultades. El Támesis daba vida y también la quitaba, con sus crecidas y ciénagas insalubres. Para frenarlas, se construyó un dique al oeste de Isle of Dogs, el gran meandro de la ciudad. El parapeto le dio a la zona el nuevo nombre de Marshwall, que alude al pantano contiguo al río. Cuando se decidió drenarlo por medio de unos molinos, la vista de su perfil al pasar en barco cambió su nombre de nuevo: desde principios del XIX, el área se llamaría Millwall.

Hasta ese instante, la zona era un pastizal, pero hacia 1800 empezó a llenarse da casas e industria. El hervidero se situaba en la parte oeste de Isle of Dogs, esa península con ínfulas en el nombre, poblada por escoceses. Para llenar la otra parte, los gobernantes planificaron un nuevo ensanche de clase media, con calles amplias, viviendas buenas, grandes locales y algunos parques cerca del río. La antigua zona llamada Blackwall se bautizó con el nombre del responsable del cambio, un tal William Cabitt, artífice de Cabitt Town y de sus errores: ponerle sótanos a las casas en un lugar inundable y creer que la burguesía se instalaría en ellas como por arte de magia.

Se equivocó. La crisis de 1870 (una de tantas) detuvo el boom constructivo y favoreció la aparición de chabolas. Todo Isle of Dogs era un área siniestra, pero los habitantes de Millwall reivindicaron su condición de pioneros y todavía hoy consideran pijos a los que viven en Cabitt Town.

Isle of Dogs en 1747. Milwall ocupa la parte izquierda. Empezó a poblarse a principios del XIX, convirtiéndose en una zona con grandes carencias de todo tipo.

La crónica que en 1890 trazó un religioso local describe Millwall como un lugar mal iluminado, asombrosamente sucio, inconcebiblemente apestoso, miserablemente pelado y sin vida. Borrachos y jugadores completan un panorama que invita a evadirse de todo, y así es como llegamos al fútbol.

Hasta mediados del XIX, el críquet era el deporte rey. Atraía a los caballeros ociosos y se jugaba en verano. Los clubes buscaron alternativas para el invierno y de paso evitar que la clase obrera imitara su juego impecable. Eligieron el fútbol porque no requería nada y podía jugarse en el mismo recinto. Pronto los proletarios se desfogaron en lodazales (más que en praderas) corriendo tras la pelota, movilizando a miles de espectadores que se apiñaban para animarlos.

Así, los primeros equipos surgieron como secciones de clubes de críquet. Tal es el caso de los conjuntos de Sheffild, Tottenham o Aston Villa. El Everton dio un paso más cuando, en 1892, construyó el primer recinto exclusivo para ver a los futbolistas. Goodison Park sigue en pie desde entonces, aunque de aquellos años conserva apenas el nombre.

La nueva moda llegó hasta Millwall en 1885, cuando los operarios de una fábrica de conservas montaron su equipo en un pub de la zona. La empresa era J.T Morton y, como muchos de sus obreros, había llegado de Escocia. Quizás por eso vistieron de blanco y azul oscuro el día de su debut. El Millwall Rovers perdió 5-0, y en esas sigue hasta ahora.

Durante un tiempo, usaron el pub The Islanders como sede social y también como vestuario, jugando sus primeros partidos en un descampado cercano. Al cabo de un año, la entrada de nuevos socios condujo al club a su primera mudanza.

  

El paisaje obrero de Millwall ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. En las imágenes, fábrica Morton y calle del pub The Islanders, lugares de nacimiento del club de fútbol.

En esa época, los pubs eran centros de sociabilidad obrera, así que las grandes iniciativas se decidían allí. Por otra parte, el fútbol empezaba a movilizar a las masas, de modo que promover equipos que compitiesen cerca era una fuente segura de ingresos. Esa es la causa de que algunos clubs como el Millwall tuviesen un vínculo tan estrecho con ciertos bares en sus inicios.

La nueva ubicación de los azulones estaba muy cerca, en un pub vecino llamado Lord Nelson. Para sacar beneficio, sus propietarios establecieron que los partidos se jugarían allí, en un recinto cercano emplazado junto al embarcadero y a la estación de tren.

Era un lugar estratégico, pero siendo puristas, presenta un problema: ni el Lord Nelson ni el descampado se encuentran en Millwall. Técnicamente, y por apenas 10 metros, los dos solares se ubican en Cabitt Town, como puede medir cualquiera que quiera acercarse al Nelson, que todavía sirve cervezas aunque la estatua del almirante ya no salude desde lo alto.

  

El cambio de sede social y de estadio fue una constante en los inicios del Millwall y otros clubes de fútbol. En las imágenes, el pub Lord Nelson y el viejo The Den, casa mítica de los lions.

En los siguientes años, el Millwall cambió de nombre y de ubicación, llamándose Millwall Athletic y creciendo al amparo de nuevos bares, más grandes y bulliciosos a medida que incrementaba su masa social. Necesitaron estadios con más aforo, por eso vinieron mudanzas y obras. Todos tuvieron algo en común: desde 1886, ninguno se construyó en Millwall. Paradójicamente, el equipo del barrio duro por excelencia jugaba en otro lugar.

Para más inri, sus seguidores venían del otro lado del Támesis, desde la orilla meridional donde vivían la mayoría. Los operarios de West India Docks le dieron el sobrenombre de dockers al Millwall, pero esos rudos estibadores tampoco vivían allí.

Para seguir a su equipo tenían que desplazarse, primero en ferry y luego en ferrocarril, pero ambos sistemas dejaron de ser rentables en diferentes momentos del 1900. No era sencillo cruzar el río para llegar a Isle of Dogs desde el sur, así que las gradas del campo del Millwall se despoblaron.

Conscientes de que sin público no hay equipo, sus dirigentes hicieron otra mudanza. Desde 1886 no estaban técnicamente en Millwall, pero sí en el barrio de al lado, del mismo modo que el Chelsea de Stamford Bridge se encuentra en el barrio Fulham.

La gentrificación ha cambiado el aspecto y la identidad de Millwall hasta hacerlo irreconocible. El paisaje obrero fue relevado por los rascacielos del nuevo corazón financiero de la ciudad. En el proceso, el propio nombre de Millwall está siendo sustituido por el de Canary Wharf, con otras connotaciones acorde a los nuevos usos del barrio.

Sin embargo, el nuevo cambio fue más profundo. En 1910, el Millwall cruzó el Támesis y se ubicó en el sur para siempre. Allí, a dos kilómetros de su origen y con el río como barrera, se construyó el recinto mítico de The Den, la jaula de los leones que relevaron a los estibadores como referente en la identidad del club.

Pero la travesía por el desierto de los seguidores del Millwall no acaba aquí. El viejo The Den fue demolido en 1993, llevando al equipo hasta South Bermondsey, un punto sin conexión aparente con Millwall donde los viejos dockers se niegan a renunciar a su origen.

 

 

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