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Motown: 60 años de industria y éxitos

Motown: 60 años de industria y éxitos

El palmarés de la Motown es tan amplio que no se mide en números uno o en discos vendidos, ni siquiera en artistas clave o en dólares. El sello por excelencia es tan grande que al invocarlo se emplean rangos mayores como el de industria, cultura o sonido, con más trasfondo cualquiera de ellos que el de una simple empresa que nació buscando la comercialidad. Es por ello que para abarcarla será mejor recurrir a la negritud, a la quiebra de las barreras raciales o al hecho de que Motown eclipsó a su propia ciudad y acabó por robarle el nombre, un apodo que convirtió en marca y por el que, de haber podido, habría cobrado royalties o gastos de representación.

El suyo fue un éxito marcado por el determinismo geográfico, pues fabricaba música negra del mismo modo que Ford producía coches: sin distinción de razas y con autoridad. Los dos magnates, el de los discos y el de los automóviles, veían al ser humano como un cliente, el resto les importaba poco. No acaban ahí los paralelismos, pues Berry Gordy Jr, creador de la discográfica, había sido operario de Lincoln-Mercury, subsidiaria de Ford Motor Company fundada por Edsel Ford, hijo del dueño e inspirador de uno de los mayores fiascos de ese negocio1. Puede que Gordy aprendiese ahí las ventajas del trabajo en cadena, observase su efecto sobre la productividad y decidiese aplicarlo a su nueva pasión después de dejar el boxeo: la música.

En un principio el cambio le salió mal, pues en solo año y medio cerró la tienda de discos que había abierto al volver de Corea (la historia de Estados Unidos se mide en tandas de veteranos, así que hablamos de 1953. La tienda cerró en el 55). Fue entonces cuando encontró trabajo montando coches en una fábrica, pero su devoción seguía siendo la música, así que de vez en cuando escribía temas que enviaba a artistas y discográficas, algunos con cierto éxito. En cualquier caso, debieron de acumularse más sinsabores que premios, por lo que en 1959 Gordy pidió dinero a sus padres para montar su propio sello o, dicho de un modo más simple, para editar él mismo los temas que rechazaban otros.

 

Berry Gordy Jr junto a su fábrica de éxitos y el logo que se convirtió en icono.

El do it yourself de Gordy costó 800$ del momento o 7 mil actuales, cifra asumible para una familia de clase media que había cambiado las granjas del Sur por factorías en las ciudades del Norte, aunque sin grandes dramas por medio. Su abuelo era hijo de un dueño de plantación de Georgia y de una de sus esclavas, lo que supuso una piel más clara y mayor estatus para sus descendientes.

Quizá por eso, puede que por arraigo de los valores del Sur, Berry Gordy III mandaba en su discográfica como su bisabuelo en la plantación. Tenía peones que aseguraban la producción con su voz o sus instrumentos, técnicos draconianos para el sonido, asesores para cuestiones de imagen y familiares cercanos en puestos clave. Se completaba el paralelismo con capataces blancos en forma de directivos y niñas bonitas como Diana Ross o Chirs Clark, que conjugaban lo artístico con lo privado si se ganaban al jefe.

En West Grand Boulevard se producía a destajo y se pagaba con cuentagotas. Todos hacían de todo, como Martha Reeves, que atendía el teléfono cuando no estaba con las Vandellas, o Smokey Robinson, que compaginaba los escenarios con el puesto de vicepresidente. Se estimulaba la competencia entre los artistas, y éstos, reconvertidos en operarios por turnos, llamaban snake pit (pozo de las serpientes) al sótano donde grababan los éxitos. Salían en serie, listos para el consumo masivo, por eso se les limaban antes las asperezas. Durante años se censuraron las reivindicaciones y se suavizó el sonido, quitándole ecos raciales y haciéndolo apto para los blancos. El jazz, el blues y el gospel más crudos se fueron quedando por el camino. En cuanto a las letras, se huyó del conflicto por medio de historias de amor. Baladas, pedigree negro y estilo dulcificado. Era la fórmula para el éxito que el propio Gordy había expresado de forma prosaica al pedir canciones que llegaran al corazón, el alma y la billetera de sus clientes.

Lo consiguió. Triunfó entre todos los públicos, copando las listas de éxitos y la atención de los medios. La nómina de artistas creció hasta formar una constelación de nombres y sellos menores, una intrincada trama que devoraba a muchos y rescataba a unos pocos. Por el camino surgieron las discrepancias y deserciones sonadas, así como la demanda de temas más reivindicativos entre las producciones. Tras los disturbios raciales de 1967, Detroit se había vuelto un lugar espinoso, o más bien ya lo era y tocaba posicionarse. Se capeó el temporal con libertad creativa para aquellos artistas a los que avalaban las ventas, de modo que Marvin Gaye puso cara al cambio con un disco mítico que preguntaba qué es lo que pasa. Lo que ocurría en 1971 es que el sueño americano no era como lo habían pintado, y allí estaban Vietnam, la discriminación y las drogas para mostrárselo a muchos y sobre todo a los negros.

 

Las Supremes mezclando glamour y ghetto en las calles del Detroit de los años 60. En la otra imagen, cartel con los artistas insignia del sello.

En cualquier caso, esa no era la guerra de Berry Gordy, que permitió esas licencias para hacer caja, y en cuanto pudo se dedicó a otros negocios. Apuntó hacia la televisión y el cine, por lo que en 1972 anunció el bombazo: la compañía se trasladaba a Los Ángeles. El vuelo de la Motown hasta California fue un duro golpe que acompañó al white flight o éxodo de población blanca que convirtió a Detroit en sinónimo de óxido y distopía.

Sin sus raíces (o su mercado), el sello perdió su esencia, y aunque siguió vendiendo gracias a Stevie Wonder o los hermanos Jackson, Gordy fue fiel a su estilo y se deshizo de él en 1988, justo cuando Detroit alumbraba el techno.

Y sin embargo, mientras perdía enteros en casa, el sonido Motown tuvo un éxito insospechado y crepuscular en el cinturón industrial de Inglaterra. Localidades duras y suburbiales como Wigan, Blackpool o Stoke-on-Trent le disputaban a Manchester la capitalidad del Norte gracias a clubes como el Casino o The Torch, en los que miles de jóvenes se reunían en torno al soul. Seguían la senda que habían iniciado los mods en los años 60, solo que ahora buscaban temas lo más secundarios posible, aquellos que no habían sonado en su momento en los Estados Unidos ni en ningún lado. Cuando asaltaban las tiendas de Londres en busca de esas rarezas, los sorprendidos dueños, por una vez superados en su esnobismo, se distanciaban con calculado desprecio de aquellos melómanos pueblerinos y de su soul norteño, que por primera vez tomaba el nombre del sitio donde alcanzaba el éxito y no de donde había nacido.

Para entonces, ni siquiera el rebrote del Northern Soul convirtió a la Motown de nuevo en el negocio que había sido, pero a cambio se hizo un hueco definitivo en el mundo de la cultura y las subculturas que, ahora desde Inglaterra, terminaron por convertir al sello Motown y su sonido característico en patrimonio de todo el mundo.

1-El Ford Edsel (1958-60) fue un fracaso tan grande que casi hace quebrar a la compañía. El nombre era un homenaje al hijo de Henry Ford, muerto en 1943. Aunque acabaron por aceptarlo, nunca gustó en la familia Ford.

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