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Pruitt-Igoe, el fin de la arquitectura moderna

Pruitt-Igoe, el fin de la arquitectura moderna

Hay algo morboso en el gusto por la fealdad de los grandes bloques residenciales como Pruitt-Igoe, Robin Hood Gardens o las Velas de Scampia. Parecen el resultado de una lucha mal entendida entre primitivismo y progreso en la que acaba triunfando el lado salvaje amparado por utopías que juran defender lo contrario.

Caminar por sus recovecos nos retrotrae al miedo ancestral que produce la naturaleza en estado puro, cuando la vecindad de otros seres nos apabulla y nos pone en guardia. En ese contexto, el hábitat se vuelve amenazador. Las belleza que tanto admiramos, se la endosamos a otro.

Si arquitectura es cerrar un espacio, a mediados del s.XX se procedió a aprisionarlo, llevándolo a unos límites constreñidos por utopías quizá bienintencionadas pero poco apegadas al mundo real. Le Corbusier puso cara a esos monstruos de la razón ilustrada mediante unidades de habitación inhumanas en cuanto a escala y estética, por más que basase en estos aspectos su discurso renovador. Tenía tintes salvíficos, por otra parte, ya que auguraba un futuro mejor que lo malo ya conocido, y todo con guiños a la naturaleza, el gran referente/enemigo de los arquitectos, según el caso.

 

Pruitt-Igoe en St. Louis (Missouri) se presentó como una solución racionalista y definitiva para las viviendas sociales. 

Este cariz vanguardista deslumbró a la humanidad industrializada, que veía en la novedad la receta para el futuro. Las obras de esprit nouveau proliferaron incluso en donde no era adecuado, sin atender a su encaje con el entorno o a la validez de unos presupuestos que habían sido contrastadísimos sobre plano, pero nunca de forma empírica.

A pesar de las señales de alarma, cundió el ejemplo. Se edificaron proyectos a escalas desconocidas y entornos diversos, quizá demasiado. Se vio al momento que la armonía tampoco era tal, y de la estética mejor ni hablamos. Los ciudadanos no disfrutaban en esas máquinas de habitar, pero podía deberse a que no entendían el nuevo concepto. Fuese por incultura o por empecinamiento, se hartaron y terminaron por irse.

Fue un fenómeno universal. Los que podían abandonaban los mamotretos, los alquilaban o malvendían, devaluando la mística del proyecto e introduciendo matices sociales de solución difícil. Como previendo esta desbandada, los promotores de la boutade, tanto en sentido estricto como en el plano intelectual, jamás habitaron esas colmenas aisladas que defendían. En el mejor de los casos, edificaban inmuebles de similares características, pero en lugares excepcionales, sin esa naturaleza envolvente (léase descampados) que los alejaba del mundo. El Molitor parisino de Le Corbusier es buen ejemplo de ello, pues salvando el aspecto formal, mantiene con el entorno una relación tan tradicional como lógica: es un edificio pegado a otros con los que forma una calle. Fin.

 

El proyecto mostró pronto problemas de habitabilidad. Convertido en foco de delincuencia, se optó por una demolición gradual, apreciable en la segunda imagen.

El caso es que ese deslumbramiento duró varias décadas y fue utilizado por los gurús y gobiernos que buscaban la redención de la clase obrera. Con la vivienda adecuada, pensaban, esos salvajes sabrían reconvertirse.

Hasta los más cerriles ayuntamientos de Estados Unidos patrocinaron viviendas sociales de tipo moderno. Imaginar a un grupo de concejales sureños con intenciones aviesas rendidos a la vanguardia artística resulta enternecedor, pero todo sea por la labor pastoral. A falta de buenos sueldos, que el populacho tenga casas bonitas.

Atlanta abrió la veda durante la Gran Depresión, pero las Techwood Homes lucían bastante clásicas. Con su ladrillo visto y escaso volumen, se parecían a Manchester, así que la auténtica  innovación llegaría a mediados de los 50 desde otro lugar reñido con el progreso, un St. Louis (Missouri) que se anunciaba como la puerta del Sur, etiqueta que imprime carácter y fuertes connotaciones.

Se edificaron 33 bloques de tipo corbusieriano con 11 plantas en medio de casas bajas, 57 hectáreas hormigonadas que equivalían a un área como el 50% del casco histórico de Toledo, y todo a escasos metros del centro de la ciudad. Aquel proyecto gigante fue bautizado con el pomposo nombre de Pruitt-Igoe.

 

El madrileño “Ruedo” de la M-30 y Bellvitge en el conurbano de Barcelona son dos ejemplos cercanos del diseño urbanístico imperante en los barrios obreros a mediados del s.XX

Sin saber mucho de arquitectura, los ciudadanos juzgaron a ojo que las viviendas rompían la homogeneidad volumétrica de la zona. Técnicamente hablando, aquello quedaba fatal. De poco servía que hubiese sido planificado por Yamasaki, un arquitecto prometedor que acabaría haciendo las Torres Gemelas; y el nombre tampoco ayudaba mucho, ya que la mezcla ex aequo entre piloto afroamericano y congresista irlandés quedaba muy salomónica, pero sonaba a artificio para salir del paso.

Con estos mimbres, hubo que recurrir a la magia televisiva para publicitar el tema y venderlo como si fuese el camino hacia el éxito. Picaron algunos, pero se dieron cuenta bastante pronto de que esos bloques los alienaban tanto como las fábricas donde pasaban el resto del día. Pasillos estrechos, normas comunitarias, escasas áreas comunes y total ruptura respecto al resto de la ciudad. Si habían querido crear un ghetto, aquello se parecía mucho.

En pocos años, la calidad de los materiales y el caro mantenimiento se tradujeron en deterioro, acelerado por la magnitud del proyecto. En otras palabras, y analizando unas causas que se repetirían en otros lugares, cuando un complejo residencial es enorme, sus habitantes nunca lo sentirán como propio y en el vecino verán a un extraño. De ahí a la decadencia y al abandono hay un paso, y eso es exactamente lo que ocurrió.

 

Buena parte de los proyectos residenciales como Pruitt-Igoe tuvieron que ser demolidos debido a que su planteamiento era la causa de muchos de los problemas. En la otra imagen, el solar que ocupaba el barrio en la actualidad.

Sin sensación de comunidad ni celo por el entorno, los habitantes huyeron en masa, siendo sustituídos por otros cuyos problemas socioeconómicos se tradujeron en caos. En pocos años los bloques de Pruitt-Igoe se convirtieron en uno de los lugares más peligrosos de la ciudad, comportamiento que se repetiría en barrios de similares características como los projects de South Side Chicago, los Red Road Flats de Glasgow o el 23 de Enero en Caracas.

A falta de soluciones mejores o rehabilitadoras, Pruitt-Igoe empezó a ser demolido el 15 de julio de 1972, fecha propuesta por el historiador Charles Jencks para marcar “el día en que murió la arquitectura moderna”, una proclama maximalista que, al igual que ocurrió con el fin de la historia preconizado por Fukuyama, está lejos de materializarse, ya que los barrios como Pruitt-Igoe no se originan por una cuestión de diseño, sino de subordinación económica. Mientras ésta siga existiendo, los proyectos paternalistas de bajo coste seguirán siendo ofrecidos como solución redentora por individuos que nunca vivirían ahí.

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